Encuentro XI
Una lluvia pertinaz caía incesantemente. Eran las 4:50 de la mañana y apenas quedaba penumbra. En unos cuantos minutos amanecería. Una luna casi invisible como la enigmática sonrisa de la Monalisa de Da Vinci se asomaba a través del velo de nubes.
El desvelo era obvio. Había razón, la noticia de la tragedia era fuerte. Tocaba el corazón.
- “Una prueba más”- pensó
El choque había ocurrido camino al trabajo. Temprano en la mañana y era la noticia del día. Un muerto y una herida de gravedad.
Huérfanos y viuda. Incertidumbre con la mamá. Nadie a esa hora sabía el posible desenlace. En manos de los médicos y muy Del de ALLÁ era el destino.
Un día normal para unos…un día final para otros y todavía hay quienes piensan que los días pasan en vano.
Ningún día ningún segundo de ese tiempo es vano. Vívelo como que puede ser el final. ¿De que te sirve quedar varado mirando la vida pasar por el lado? Eres parte íntegra de ese pasar. La vida…ese cuadro al que perteneces espera tu función.
Y allí estaba mirando el mar como si nada pasara pero todo pasaba tan velozmente que el tiempo parecía detenerse.
¿Qué iré a hacer hoy?, esa es la pregunta. Miré nuevamente el horizonte ahora gris ante la tormenta que se avecinaba.
-mojarme- me dije. La lluvia es parte de la vida. ¿Por qué habría de huirle?
Apenas era un rocío que mojaba el rostro refrescando la quemada piel. Lo que se avecinaba era otra cosa. Una verdadera tormenta.
Caminé lentamente por la arena mientras cavilaba sobre las cosas del destino. Un hombre en una silla de ruedas estaba justo donde las aguas acariciaban con su espuma las arenas doradas.
- Buenas tardes- me dijo. Con una sonrisa leve pero a la vez con la mirada de alguien que va a pedir algo.
- Buenas tardes- le respondí
¿Podría ayudarme?- me dijo.
¿Ayudarle?- le pregunté extrañado
¿Quiere que le ayude a salir hacia el edificio?-le pregunté
No, quiero que me ayude a sentarme en la arena justo en el agua. Respondió.
¡Pero se acerca una fuerte tormenta! Y no debería de quedarse ahí. Le advertí.
¿Tormenta?- exclamó el hombre asombrado. Tormenta…mmm, se quedó pensativo.
Todos tenemos que enfrentar algunas tormentas en la vida. Dijo al tiempo que se pasaba las manos por las piernas o más bien por lo que le quedaba de piernas.
No me había percatado que al hombre le faltaban ambas piernas a la altura del muslo.
-Una mina- me dijo, en Irak acotó.
-Lo siento-dije sin saber que otra cosa decir.
-No lo sientas- me reclamó. La vida es así. Uno elige y yo elegí ir.
¿Y se arrepiente?- me atreví a preguntar.
¿Arrepentirme?, Si me arrepiento, ¿cambiarían los hechos?, ¿me regresarían las piernas?... ¿regresarán a la vida todas esas personas que se han muerto a través de mi mano sin yo saber nunca quienes son?
Me quedé pensando en su respuesta. En parte tenía razón. De que valía arrepentirse de algo pasado.
El hombre continuó hablando. Cuando caminas por la arena dejas las huellas y aún en tu más perfecto intento por recorrerlas de vuelta jamás van a quedar iguales por que tu nuevo paso las hace más profundas y más anchas. Dijo.
Miré mis huellas y me imaginé caminando hacia atrás y seguro que no sólo sería difícil sino ridículo.
Bueno-creo que entiendo. Ahora vamos adentro que se avecina mal tiempo. Dije al tiempo que sujetaba la silla para llevarlo a donde hubiese resguardo.
Obviamente no me entendiste- me dijo el hombre. Deteniéndome las intenciones.
Sólo deseo que me ayudes a bajarme de la silla y sentarme ahí mismo en frente. Dijo mirándome seriamente.
Una enorme pared de agua se avecinaba y aquel hombre quería quedarse allí.
Hijo, me dijo. Sujeta la silla mientras me deslizo hasta el suelo.
Hice lo que me pidió.
Trabajosamente y con un gesto escondido de dolor se impulsó hacia delante. Pude notar una larga cicatriz que se le marcaba desde la axila hasta casi el codo de su brazo derecho.
El hombre sentado en el suelo me miró otra vez.
-Gracias- me dijo. Al tiempo que se adentraba al agua sin nada más que su traje de baño y una camisa sin mangas.
Yo lo miraba sin creer lo que hacía. En unos minutos una tormenta de rayos y truenos ya se nos venía encima. Podía sentir el viento aumentar su fuerza y las gotas de agua explotar en mi rostro como alfileres.
Comencé a caminar rápidamente hacia un lugar seguro, pero no dejaba de pensar en aquel hombre de la silla de ruedas.
Justo llegué al edificio de la playa cuando veo al hombre flotar boca arriba en medio de aquel vendaval.
El cielo ya estaba envuelto en llamas blancas y cañones celestiales…
Definitivamente hay que estar loco para hacer lo que ese hombre está haciendo me dije al tiempo que caminaba en contra de toda lógica hacia el mar ahora bajo aquella tremenda borrasca.
No sabía por qué pero iba hacia donde hacía un rato me negaba a permanecer.
El desvelo era obvio. Había razón, la noticia de la tragedia era fuerte. Tocaba el corazón.
- “Una prueba más”- pensó
El choque había ocurrido camino al trabajo. Temprano en la mañana y era la noticia del día. Un muerto y una herida de gravedad.
Huérfanos y viuda. Incertidumbre con la mamá. Nadie a esa hora sabía el posible desenlace. En manos de los médicos y muy Del de ALLÁ era el destino.
Un día normal para unos…un día final para otros y todavía hay quienes piensan que los días pasan en vano.
Ningún día ningún segundo de ese tiempo es vano. Vívelo como que puede ser el final. ¿De que te sirve quedar varado mirando la vida pasar por el lado? Eres parte íntegra de ese pasar. La vida…ese cuadro al que perteneces espera tu función.
Y allí estaba mirando el mar como si nada pasara pero todo pasaba tan velozmente que el tiempo parecía detenerse.
¿Qué iré a hacer hoy?, esa es la pregunta. Miré nuevamente el horizonte ahora gris ante la tormenta que se avecinaba.
-mojarme- me dije. La lluvia es parte de la vida. ¿Por qué habría de huirle?
Apenas era un rocío que mojaba el rostro refrescando la quemada piel. Lo que se avecinaba era otra cosa. Una verdadera tormenta.
Caminé lentamente por la arena mientras cavilaba sobre las cosas del destino. Un hombre en una silla de ruedas estaba justo donde las aguas acariciaban con su espuma las arenas doradas.
- Buenas tardes- me dijo. Con una sonrisa leve pero a la vez con la mirada de alguien que va a pedir algo.
- Buenas tardes- le respondí
¿Podría ayudarme?- me dijo.
¿Ayudarle?- le pregunté extrañado
¿Quiere que le ayude a salir hacia el edificio?-le pregunté
No, quiero que me ayude a sentarme en la arena justo en el agua. Respondió.
¡Pero se acerca una fuerte tormenta! Y no debería de quedarse ahí. Le advertí.
¿Tormenta?- exclamó el hombre asombrado. Tormenta…mmm, se quedó pensativo.
Todos tenemos que enfrentar algunas tormentas en la vida. Dijo al tiempo que se pasaba las manos por las piernas o más bien por lo que le quedaba de piernas.
No me había percatado que al hombre le faltaban ambas piernas a la altura del muslo.
-Una mina- me dijo, en Irak acotó.
-Lo siento-dije sin saber que otra cosa decir.
-No lo sientas- me reclamó. La vida es así. Uno elige y yo elegí ir.
¿Y se arrepiente?- me atreví a preguntar.
¿Arrepentirme?, Si me arrepiento, ¿cambiarían los hechos?, ¿me regresarían las piernas?... ¿regresarán a la vida todas esas personas que se han muerto a través de mi mano sin yo saber nunca quienes son?
Me quedé pensando en su respuesta. En parte tenía razón. De que valía arrepentirse de algo pasado.
El hombre continuó hablando. Cuando caminas por la arena dejas las huellas y aún en tu más perfecto intento por recorrerlas de vuelta jamás van a quedar iguales por que tu nuevo paso las hace más profundas y más anchas. Dijo.
Miré mis huellas y me imaginé caminando hacia atrás y seguro que no sólo sería difícil sino ridículo.
Bueno-creo que entiendo. Ahora vamos adentro que se avecina mal tiempo. Dije al tiempo que sujetaba la silla para llevarlo a donde hubiese resguardo.
Obviamente no me entendiste- me dijo el hombre. Deteniéndome las intenciones.
Sólo deseo que me ayudes a bajarme de la silla y sentarme ahí mismo en frente. Dijo mirándome seriamente.
Una enorme pared de agua se avecinaba y aquel hombre quería quedarse allí.
Hijo, me dijo. Sujeta la silla mientras me deslizo hasta el suelo.
Hice lo que me pidió.
Trabajosamente y con un gesto escondido de dolor se impulsó hacia delante. Pude notar una larga cicatriz que se le marcaba desde la axila hasta casi el codo de su brazo derecho.
El hombre sentado en el suelo me miró otra vez.
-Gracias- me dijo. Al tiempo que se adentraba al agua sin nada más que su traje de baño y una camisa sin mangas.
Yo lo miraba sin creer lo que hacía. En unos minutos una tormenta de rayos y truenos ya se nos venía encima. Podía sentir el viento aumentar su fuerza y las gotas de agua explotar en mi rostro como alfileres.
Comencé a caminar rápidamente hacia un lugar seguro, pero no dejaba de pensar en aquel hombre de la silla de ruedas.
Justo llegué al edificio de la playa cuando veo al hombre flotar boca arriba en medio de aquel vendaval.
El cielo ya estaba envuelto en llamas blancas y cañones celestiales…
Definitivamente hay que estar loco para hacer lo que ese hombre está haciendo me dije al tiempo que caminaba en contra de toda lógica hacia el mar ahora bajo aquella tremenda borrasca.
No sabía por qué pero iba hacia donde hacía un rato me negaba a permanecer.

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