Encuentros IX
Encuentros IX
Capítulo I
Las olas mecían el diminuto bote. El cielo azul no hacía promesas de lluvia. Con la piel quemada por el sol, apenas podía volverse sin sentir el ardor despiadado que le causaba la carne al descubierto viva y latiendo.
Llevaba tres días a la deriva. El motor del bote se había apagado de pronto cuando se encontraba a unas cinco millas de la costa y justo en ese momento se desató una tempestad salida de la nada. Había comenzado como una ligera lluvia que luego se emborrascó al punto de cerrar el paso a la visión con un aguacero tan fuerte que inundó totalmente la embarcación. No se hundía porque su diseño era hecho para aguantar los embates del mar. Pero al detenerse el motor, las cosas cambiaron.
Un viento del noreste lo empujaba cada vez más lejos de la costa. Las luces de bengala no servían pues se habían dañado con el agua y en la neverita de playa había agua para por lo menos tres o cuatro días más. Sin embargo él sabía que podía estar más tiempo así.
Al amainar aquella borrasca ya estaba tan lejos de la costa que apenas se distinguían las siluetas de los montes y las luces de la costa apenas eran diminutos destellos.
¿Por qué no había revisado el motor antes de salir?, No le había dado problemas excepto la vez de aquel 25 de julio que se apagó y que por suerte fue cerca de la costa y lo ayudaron a regresar. Hoy la historia era otra. Se recostó bajo el pequeño cobertizo que había improvisado utilizando toallas y pedazos de alfombra del mismo bote. Buscó una de las botellas que contenían agua y bebió. Se dejo caer nuevamente en el fondo y dormitó.
Era el segundo día que estaba afuera y había dicho que estaría al menos tres más. Por lo que pasarían al menos cinco días antes de que lo echaran de menos. Las cosas no pintaban bien para aquel solitario navegante.
La prueba apenas comenzaba.
Capítulo I
Las olas mecían el diminuto bote. El cielo azul no hacía promesas de lluvia. Con la piel quemada por el sol, apenas podía volverse sin sentir el ardor despiadado que le causaba la carne al descubierto viva y latiendo.
Llevaba tres días a la deriva. El motor del bote se había apagado de pronto cuando se encontraba a unas cinco millas de la costa y justo en ese momento se desató una tempestad salida de la nada. Había comenzado como una ligera lluvia que luego se emborrascó al punto de cerrar el paso a la visión con un aguacero tan fuerte que inundó totalmente la embarcación. No se hundía porque su diseño era hecho para aguantar los embates del mar. Pero al detenerse el motor, las cosas cambiaron.
Un viento del noreste lo empujaba cada vez más lejos de la costa. Las luces de bengala no servían pues se habían dañado con el agua y en la neverita de playa había agua para por lo menos tres o cuatro días más. Sin embargo él sabía que podía estar más tiempo así.
Al amainar aquella borrasca ya estaba tan lejos de la costa que apenas se distinguían las siluetas de los montes y las luces de la costa apenas eran diminutos destellos.
¿Por qué no había revisado el motor antes de salir?, No le había dado problemas excepto la vez de aquel 25 de julio que se apagó y que por suerte fue cerca de la costa y lo ayudaron a regresar. Hoy la historia era otra. Se recostó bajo el pequeño cobertizo que había improvisado utilizando toallas y pedazos de alfombra del mismo bote. Buscó una de las botellas que contenían agua y bebió. Se dejo caer nuevamente en el fondo y dormitó.
Era el segundo día que estaba afuera y había dicho que estaría al menos tres más. Por lo que pasarían al menos cinco días antes de que lo echaran de menos. Las cosas no pintaban bien para aquel solitario navegante.
La prueba apenas comenzaba.

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