lunes, junio 05, 2006

Encuentro IX cap 4

Encuentros IX
Capitulo 4


-Estoy cansado- sollozó el navegante. Ya no puedo más.

¿Por qué no terminas esto de una vez?- preguntó mirando el cielo lleno de estrellas.

Nada más mira hasta dónde he llegado. Y ahora después de tanto luchar, esto. Dijo señalando su bote virado cuál ballenato herido con su panza blanca expuesta e indefensa.

No me queda nada más. Una estrella surcó fugazmente el cielo… ¿Quieres que pida un deseo? Preguntó el hombre mirando el cielo.

Deseo…no sé…a punto de ver al ángel de la muerte no importa que pueda desear.

La brisa trajo un rumor…un sonido familiar en aquel ulular marino de olas y marullos acariciados por la constante presencia de las estrellas y una luna incipiente que se negaba a morir en el horizonte. El ya desfallecido náufrago sólo se negaba a soltar su asidero.

Una sombra se posó a su lado. Era una gaviota.

¿Qué haces aquí?-dijo mirando al ave que tenía un brillo especial en los ojos y no era blanca. Una gaviota negra. Tan negra que su color era parte del marco oscuro de la noche y más parecía un cuervo que una misma ave marina.


El ave sólo lo miraba. No huía ni se acercaba. Sólo estaba allí posada a unos dedos de distancia.

Solo soy un recuerdo- dijo de pronto el ave.

El hombre se quedó perplejo.
-No, no es cierto que me hablaste- le respondió el hombre

Si no es cierto entonces porque me respondes- dijo el ave y continuó diciendo.

Soy el recuerdo de todos aquellos vuelos levantados pero jamás conclusos. Soy el recuerdo de las acciones que se quedaron en intenciones y no levantaron el vuelo. Soy el recuerdo de los destinos que se quedaron esperando ser descubiertos, de las playas y las montañas que nunca serán jamás visitadas de los corazones que no volverán a latir por estos mares.

El hombre no respondió. Se limitó a ver cómo de pronto el ave levantaba vuelo hacia la negrura de la noche y se perdía en el efímero brillo de las lejanas estrellas.

-Así que así es cómo me iré, alucinando- dijo para sí el hombre.

¿Alucinando?- le preguntó una voz que de pronto salió a sus espaldas. Desde el agua.

El hombre se volteó solo para encontrarse con un enorme ojo que le miraba a través de un salado llanto.
Era una ballena. Nunca había visto una y ahora estaba tan cerca que la podía tocar.

-¡Ohhh!- Exclamó el hombre al ver al enorme animal resoplar por su orificio nasal una nube de rocío.

¿Tu también me hablas?-preguntó el hombre a la ballena

Tú también me respondiste- le dijo esta.

Lo que ves aquí es lo grande de la vida. Y lo sencillo. Todas las cosas más impresionantes tienen una sola cualidad. Son creación Divina. No importa cuán grande piensas que eres. La vida te enseña a que la humildad es la que te hace grande. Cuando me ves te das cuenta de la insignificancia de tu existencia y de lo maravillosa que es la vida en sus formas menos evolucionadas.

Hoy me verás alejarme en el horizonte. Que harás luego. No lo sé. Yo seguiré aquí surcando los mares. Finalizó la ballena al tiempo que gentilmente se sumergía con la gracia de una bailarina sin hacer el más mínimo ruido u oleaje.

El hombre que ya estaba sentado sobre el bote volcado, sólo miraba el lugar donde el cetáceo se sumergió dejando una estela de estrellas tras de sí.

Ya era más de media noche. Aún conservaba el reloj que le había regalado su mujer unos años atrás.
El tiempo ahora se le hacía increíblemente torturante. Tenía sed, pero temía que todo estuviese perdido en el fondo del mar. Entonces decidió buscar bajo el bote volcado. Tal vez no todo se había perdido.

-no quiero morir, no voy a morir sin que me venzas le dijo al cielo, al mar y a la noche.

Se zambulló en las oscuras aguas y de pronto todo era luz a su alrededor. Su cuerpo brillaba como si fuese fuego verde.

Sintió de pronto la paz en la cálida agua y se sumergió bajo el bote. Aún débil se le hizo fácil meterse debajo de su vote volcado. En la oscuridad tanteó los contornos de su nave y llegó hasta el área donde por lo general guardaba las botellas de agua. Un compartimiento pequeño pero asegurado por una cerradura.

Hurgó y encontró la puerta. Pero ya estaba sin aire. El bote no se hundía porque tenía aire en recámaras pero estaba totalmente inundado.

Regresó a la superficie, por el preciado aire y de un tiro volvió a desaparecer bajo el agua. Esta vez iba directo hacia la puerta. Aún con los ojos cerrados podía ver su camino. No necesitaba ver. Abrió la diminuta escotilla y metió la mano. Sintió el alivio más grande que hubiera imaginado. Sus dedos encontraron el asa de un botellón de agua fresca aún sellada.

Salió con su preciado tesoro y buscó donde amarrarlo al bote para no perderlo. Luego volvió bajo el agua. Algo le decía que había más…

3 Comments:

Blogger Cecilia said...

Hola!!! te mando un beso!

11:01 p. m.  
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