El Atrapa Sueños, el diario de Marcelo II
La noche ya avanzaba en madrugada la brisa traída del mar cargabda de aromas los recuerdos en el sueño de Marcelo. La noche en el barco, los piratas, el bar la isla encantada todo lo recordaba pero sobre todas las cosas la silueta de Viviana dnazando libremente y acomodándose en sus brazos.
La amaba y lo peor de todo era no sólo que la amaba sino que estaba bien conciente de ese sentir. El tiempo se le hizo eterno las estrellas comenzaron a dar vueltas a su alrededor.
-¿estoy alucinando o estoy soñando?- se dijo
Era como si de pronto las estrellas se hubieran convertido en un huracán luminoso y en una rotación caótica fueron abarcando todo su campo de visión y de sueño.
Marcelo se intentó levantar, pero no pudo, una extraña fuerza lo mantenía pegado a la cubierta de su bote. Estaba paralizado.
Las luces comenzaron a descender y el amanecer hizo su entrega. Marcelo cerraba los ojos se sentía pesado muy pesado e inmóvil. Poco a poco fué cediendo su resistencia hasta quedar en manos de aquel sueño profundo un trance de ánima un salto cuántico hacia una dimensión desconocida otro tiempo.
Entonces como si hubiese dormido un sólo segundo abrió los ojos sobresaltado. Ya no estaba en su bote, estaba en un cómodo pero humilde sofá arropado por una frisa de lana y muy cerca de él estaba una anciana, que tejía al vaivñen de un sillón.
La vieja tenía la vista puesta en su tejer. No reparaba en el hombre tirado allí en aquel mueble con cara de sobresalto y espanto.
-¿ Dónde estoy?-preguntó Marcelo
La anciana lo mirá y le sonrío, y continuó tejiendo.
Marcelo observó con cuidado todo el recinto. Una mesa cuatro sillas, un pequeño armario y el sofá y el sillón de la anciana llenaban el cuarto. Se levantó y trató de caminar pero sus piernas no le respondían estaba de pie pero no podía dirigirse a donde quería.
- ¿Que me pasa? se peguntó, no me puedo mover.
No te puedes mover porque no quieres moverte dijo una voz desde una esquina. Una voz familiar y a la vez desconocida. Marcelo se volteó a ver quién le hablaba, aquella voz firme y segura de siempre, pero no la reconocía cabalmente. Miró en la penumbra de la esquina del cuarto y se encontró con la mirada más penetrante que jamás hubiera visto...
La amaba y lo peor de todo era no sólo que la amaba sino que estaba bien conciente de ese sentir. El tiempo se le hizo eterno las estrellas comenzaron a dar vueltas a su alrededor.
-¿estoy alucinando o estoy soñando?- se dijo
Era como si de pronto las estrellas se hubieran convertido en un huracán luminoso y en una rotación caótica fueron abarcando todo su campo de visión y de sueño.
Marcelo se intentó levantar, pero no pudo, una extraña fuerza lo mantenía pegado a la cubierta de su bote. Estaba paralizado.
Las luces comenzaron a descender y el amanecer hizo su entrega. Marcelo cerraba los ojos se sentía pesado muy pesado e inmóvil. Poco a poco fué cediendo su resistencia hasta quedar en manos de aquel sueño profundo un trance de ánima un salto cuántico hacia una dimensión desconocida otro tiempo.
Entonces como si hubiese dormido un sólo segundo abrió los ojos sobresaltado. Ya no estaba en su bote, estaba en un cómodo pero humilde sofá arropado por una frisa de lana y muy cerca de él estaba una anciana, que tejía al vaivñen de un sillón.
La vieja tenía la vista puesta en su tejer. No reparaba en el hombre tirado allí en aquel mueble con cara de sobresalto y espanto.
-¿ Dónde estoy?-preguntó Marcelo
La anciana lo mirá y le sonrío, y continuó tejiendo.
Marcelo observó con cuidado todo el recinto. Una mesa cuatro sillas, un pequeño armario y el sofá y el sillón de la anciana llenaban el cuarto. Se levantó y trató de caminar pero sus piernas no le respondían estaba de pie pero no podía dirigirse a donde quería.
- ¿Que me pasa? se peguntó, no me puedo mover.
No te puedes mover porque no quieres moverte dijo una voz desde una esquina. Una voz familiar y a la vez desconocida. Marcelo se volteó a ver quién le hablaba, aquella voz firme y segura de siempre, pero no la reconocía cabalmente. Miró en la penumbra de la esquina del cuarto y se encontró con la mirada más penetrante que jamás hubiera visto...

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