lunes, septiembre 17, 2007

El Angel que cantaba Cap I

Iba rumbo a mi trabajo, absorto en los problemas cotidianos. La radio anunciaba la más reciente matanza y en los diarios los titulares eran oscuros y lúgubres. Violencia contra los niños y la mujer, guerras calamidades etc., ¿quién quiere empezar un día así?.

Cambié la estación pero era más de lo mismo. No se si se han dado cuenta de que el tema que más se discute en las noticias y los programas radiales es el mismo que nos lacera y lastima, que nos indigna e indispone y hasta el que se antepone a los posibles triunfos en la vida.

En fin, que andaba ya hastiado de lo mismo, así que saqué un CD para escuchar música sin letra, sólo música. Me desligué por un momento del fastidioso tráfico mañanero y dejé que las notas musicales se apoderaran del ambiente cerrado con aire acondicionado de mi camioneta. Mientras escuchaba la música, me distraje con el paisaje que a diario veía y nunca me detenía a admirar. A las 6 de la mañana un sol anaranjado, un disco perfecto y de bordes dorados con un collar de perlas níveas me recordaba que hay todavía cosas lindas que admirar.

Miré el reloj faltaba por lo menos una hora para entrar a mi trabajo así que decidí salirme de aquel desquiciante embotellamiento y me desvié por un camino que me llevaría a la orilla de la bahía desde donde podía admirar el paisaje con la caricia de una brisa fresca matutina.

Me bajé y caminé tranquilo hasta llegar donde el agua besaba la arena y brindaba el encuentro con burbujeante champaña de ola. Atrás quedaba el mundanal río de autos y bocinas, el mar de mal humores y las mentadas de madre consabidas. Respiré profundo y el aroma a salitre impregnó mis pulmones dándome la sensación de limpieza que a veces necesita el alma. Que bien se sentía. ¨Tal vez haga esto todos los días¨pensé.

Más allá bordeando la orilla se podía divisar un rompeolas que valiente se adentraba a la bahía. Cientos de enormes rocas sombreadas por las algas y brillosas por la humedad del rocío que hacía explosión cada varios segundos al compás de una caprichosa marea. Me volví al reloj, ya me tenía que marchar llevaba media hora, ahora iba tarde y me iba a meter en aquel maldito tapón de autos. Regresaba a la camioneta, y me pareció que había dejado la radio encendida, pues una música me era traída desde aquella dirección. Pero no era del radio, no podía serlo pues lo había apagado. Sin embargo escuchaba claramente la melodía aunque no podía entender lo que decía la letra.

Al acercarme distinguí una silueta sentada en la orilla de donde venía el viento, el sol me daba de frente por lo que sólo podía distinguir la forma fina y femenina que se arrellanaba sobre un pequeño promontorio que justo se erguía en el agua somera de la orilla. Una voz en armonía con el sonido del mar y el viento, cantaba. Me acerqué lentamente algo me llamaba a escucharla más de cerca. Poco a poco fuí callado acercándome, no deseaba interrumpirla pero tampoco deseaba asustarla así que me detuve, cuando el rechinar de unos neumáticos me hicieron voltear la mirada hacia donde estaba mi camioneta. Un imbécil casi me la chocaba. Di un respingo y salí hacia el vehículo, y me volví hacia la fémina que cantaba solo para darme cuenta de que ya no estaba alli...