El Encuentro
Capítulo I
¿Qué hacemos?, preguntó el hombre cuando se da cuenta de la inminencia de lo que se avecinaba.
Es tu decisión- le responde su acompañante.
Llevaban varios días huyendo de aquél extraño que se les había presentado una tarde y desde entonces se les aparecía constantemente.
No lo sé- dijo el hombre.
Creo que tendremos que enfrentarlo, decirle que no nos acose más.
¿Tendremos? - responde el otro.
Pensé que eras tú el que se había metido en esto.
Yo no tengo nada que ver. Tú te le enfrentas. Yo me siento a mirar.
Gracias- eres de gran ayuda. El hombre respondió cínicamente.
Entre tanto la silueta de aquella figura se distinguía entre la muchedumbre a lo lejos. Su caminar lento y seguro. No tenía prisa, como si supiera que por más que le huyeran siempre los alcanzaría.
Habían llegado a los límites de la ciudad. Ahora debían salir al campo abierto donde sería más difícil esconderse.
El hombre que iba vestido de obrero, miró hacia el horizonte. Su acompañante se encogió de hombros con un gesto de “que esperas” mirándolo a ver que decisión tomaba.
Allá aquel campo abierto era como un desierto de posibilidades al menos a simple vista. Un lugar tan vasto que sería difícil por no decir imposible poder escapar del perseguidor.
No había otra opción, ¿o sí?,
El hombre miró nuevamente. Y se decidió. Miró el vasto panorama. Y no volvió a mirar atrás.
El camino se angostaba ante la magnitud del paisaje. Pastos altos llegaban hasta las mismas orillas del camino, bloqueando la visión más allá de unos metros. Sólo se veía el camino adelante, con charcos de espejismos que bullían al ardiente sol.
Comenzó la marcha.
Según avanzaba sentía como se acercaba aquella figura. No deseaba verla. Mientras tanto su acompañante no decía ni una palabra. Era como si no estuviera.
Por días caminó casi sin detenerse. Apenas descansaba lo suficiente para mantener la distancia entre el y aquella figura. Era como la carrera de la liebre y la tortuga.
A lo largo del camino pudo ver distintas imágenes que en su ya alucinante cabeza se le aparecían y desaparecían por doquier.
Recuerda haber visto un joven que a lo lejos le miraba pero nada le decía. Sin embargo su mirada era de como si le reprochara algo.
El hombre sintió que se tenía que detener. Buscó un lugar donde descansar. El paisaje agreste se le antojaba de otro planeta.
Los colores no eran normales. No había verdes ni flores conocidas. El camino era una línea de un asfalto color ladrillo y el pasto era violeta.
¿Dónde estaba?,
A lo lejos grises montañas cortaban el horizonte y el cielo no era azul y las estrellas no brillaban. La luna era una sombra difuminada entre un velo oscuro pero no había nubes.
De pronto el hombre se sintió mareado. Las piernas aflojaron… se desplomó.
Su acompañante lo miraba y le colocó un manto para abrigarlo. Se quedó junto a él. Sin decir una sola palabra.
¿Qué hacemos?, preguntó el hombre cuando se da cuenta de la inminencia de lo que se avecinaba.
Es tu decisión- le responde su acompañante.
Llevaban varios días huyendo de aquél extraño que se les había presentado una tarde y desde entonces se les aparecía constantemente.
No lo sé- dijo el hombre.
Creo que tendremos que enfrentarlo, decirle que no nos acose más.
¿Tendremos? - responde el otro.
Pensé que eras tú el que se había metido en esto.
Yo no tengo nada que ver. Tú te le enfrentas. Yo me siento a mirar.
Gracias- eres de gran ayuda. El hombre respondió cínicamente.
Entre tanto la silueta de aquella figura se distinguía entre la muchedumbre a lo lejos. Su caminar lento y seguro. No tenía prisa, como si supiera que por más que le huyeran siempre los alcanzaría.
Habían llegado a los límites de la ciudad. Ahora debían salir al campo abierto donde sería más difícil esconderse.
El hombre que iba vestido de obrero, miró hacia el horizonte. Su acompañante se encogió de hombros con un gesto de “que esperas” mirándolo a ver que decisión tomaba.
Allá aquel campo abierto era como un desierto de posibilidades al menos a simple vista. Un lugar tan vasto que sería difícil por no decir imposible poder escapar del perseguidor.
No había otra opción, ¿o sí?,
El hombre miró nuevamente. Y se decidió. Miró el vasto panorama. Y no volvió a mirar atrás.
El camino se angostaba ante la magnitud del paisaje. Pastos altos llegaban hasta las mismas orillas del camino, bloqueando la visión más allá de unos metros. Sólo se veía el camino adelante, con charcos de espejismos que bullían al ardiente sol.
Comenzó la marcha.
Según avanzaba sentía como se acercaba aquella figura. No deseaba verla. Mientras tanto su acompañante no decía ni una palabra. Era como si no estuviera.
Por días caminó casi sin detenerse. Apenas descansaba lo suficiente para mantener la distancia entre el y aquella figura. Era como la carrera de la liebre y la tortuga.
A lo largo del camino pudo ver distintas imágenes que en su ya alucinante cabeza se le aparecían y desaparecían por doquier.
Recuerda haber visto un joven que a lo lejos le miraba pero nada le decía. Sin embargo su mirada era de como si le reprochara algo.
El hombre sintió que se tenía que detener. Buscó un lugar donde descansar. El paisaje agreste se le antojaba de otro planeta.
Los colores no eran normales. No había verdes ni flores conocidas. El camino era una línea de un asfalto color ladrillo y el pasto era violeta.
¿Dónde estaba?,
A lo lejos grises montañas cortaban el horizonte y el cielo no era azul y las estrellas no brillaban. La luna era una sombra difuminada entre un velo oscuro pero no había nubes.
De pronto el hombre se sintió mareado. Las piernas aflojaron… se desplomó.
Su acompañante lo miraba y le colocó un manto para abrigarlo. Se quedó junto a él. Sin decir una sola palabra.

1 Comments:
¿Ya no estaba allí?
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