domingo, febrero 12, 2006

El Encuentro Capítulo II

Abrió los ojos tenía un cielo azul y despejado frente a él. No sabía donde estaba. Recordaba vagamente que estaba huyendo de algo pero no se acordaba de qué.

- ¿Dónde estoy?- se preguntó mientras se incorporaba pesadamente del suelo. Una caja de cartón le servía de abrigo.

¿Qué es esto?- volvió a preguntarse.

No tenía idea de nada. Todo le parecía tan irreal. Se pellizcó para despertar. Nada. Seguía allí. Miró a su alrededor. Un vasto campo y un árbol solitario justo al borde de una guardarraya que dividía el paisaje.

Algunos vacunos pastaban detrás de los pelos de alambres de púas y un estanque que servía de abrevadero estaba más atrás. Miró y a lo lejos vió el camino que había dejado. No era de asfalto color ladrillo ni el pasto era violeta. Había estado alucinando o ¿todavía alucinaba? No sabía dónde estaba.

Comenzó su marcha otra vez y entonces la vió. Aquella figura otra vez se le veía acercar pero estaba bien lejos. Su caminar lento. Muy lento. El hombre emprendió otra vez la carrera huyéndole. No sabía quién era. Ni qué era, pero sentía que no la quería enfrentar. Le daba miedo.

Se dirigió hasta la guardarraya y la pasó, no sin antes lacerarse los hombros y las manos con los alambres cortantes. Los rumiantes lo miraron y siguieron pastando. Con sus manos sangrando y su espalda ardiendo se internó por uno de los senderos, buscando llegar no importaba a dónde.

El paisaje agreste, agrícola se fue abriendo. Al final del sendero se avistaba una casa. De esas de campo. El hombre se dirigió presuroso hacia la misma.

¡Ayúdenme!, llamó. Sin recibir respuesta. ¡Ayúdenme por favor! Volvió a exclamar.

El rechinar de unos goznes mal aceitados anunció que la puerta se abría. Una anciana de rostro amable apareció y miró al hombre. Con un ademán de la mano y mirando adentro llamó a alguien. En la puerta aparecieron cuatro figuras, cuatro hombres. Que cargaron al visitante y lo ayudaron a entrar.

Lo recostaron en un diván, sin decir una sola palabra. La mujer se le acercó y le pasó unos vendajes en las sangrantes manos y la espalda. Luego le limpió las heridas de la espalda y le dio algo de beber.

El hombre se sintió más calmado.

-¿dónde estoy? Les preguntó.

Nadie le respondió. La mujer se llevó un dedo a la boca en señal de silencio. Los cuatro hombres se sentaron en una mesa cercana a hablar pero el hombre no podía escuchar nada de lo que decían.

¿Quiénes son ustedes? Volvió a preguntar el hombre.

No hubo respuesta.

Ya era media tarde y en su cabeza había un torbellino de ideas desmembradas. Entonces se acordó de su acompañante. ¿Y dónde estaba él? Había desaparecido.

-Me estoy volviendo loco- pensó en voz alta.


-La locura es un estado temporal del alma.- respondió una voz que provenía justo de la puerta.


El hombre levantó la mirada y allí estaba la razón de su desesperada huída. Se quedó frío, pasmado, sin saber que decir u hacer. Ya no podía seguir escapando. Intentó pararse pero sintió cuatro pares de manos que le hundían de nuevo en aquel mueble…

3 Comments:

Blogger mi otro yo said...

Que buen relato.
Me gusto la forma en que describias sin mezclarte totalmnete, me gusto la lejania que presentaste desde tan cerca.
Te mando un beso

10:40 p. m.  
Blogger SR. R said...

Gracias,

Es bueno ver que a'un quedan visitantes.

4:06 p. m.  
Blogger cachorros said...

¿Cabalga entre dos mundos?

8:35 a. m.  

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